La Biblia y yo
La Biblia y yo
Empecé a leer la Biblia a eso de los 17 años cuando comencé a ir a la iglesia que un misionero bautista estaba iniciando en mi ciudad natal, y desde un principio la tomé en serio. Fui de esas jóvenes que seguían al pie de la letra las indicaciones, así que cuando leí “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”, con todo el dolor de mi corazón y muchas lágrimas, tuve que terminar con mi novio. Esta historia cursi y juvenil sirve para ilustrar mi perspectiva inicial sobre la Biblia: la Biblia era el libro donde estaban estipulados los mandamientos y las reglas que todo cristiano debía obedecer y había que leerla para conocer la voluntad de Dios para nuestra vida y para saber qué pecados tenía uno que dejar. Mi acercamiento estaba tan fundado en el sentido del deber, que unos años después me compré una biblia del programa de lectura “La Biblia en un año” y la leí de principio a fin como nos lo habían indicado. No creo haberle sacado mucho provecho, mas que la satisfacción de haber cumplido. Ya un poco más grande y quizás sobre todo estos últimos diez o más años de mi vida, la lectura de la Biblia ha sido a menudo el punto de partida de mis reflexiones y conversaciones con Dios. No leo porciones muy largas; al contrario, leo porciones cortas y respondo en oración cuando Dios parece estar señalándome algo que necesito entender, y me gusta leerla tanto en inglés como en español y leer varias versiones. También me gusta comparar las traducciones.
Antes de tomar este curso, la Biblia (tal como la tenemos hoy día) me parecía un libro o una colección de libros ya concluido y estático, pero no lo es y nunca lo ha sido. Como aprendimos, no se trata de una obra dictada de un jalón a una secretaria fiel y dócil y con una precisión perfecta. Resulta que los libros se han escrito a tiempo y fuera de tiempo, es decir, antes, durante o después de los sucesos que narran o a los que apuntan. Resulta que muchos escribas y amanuenses han jugado un papel importantísimo no solo en el registro palabra por palabra, sino en la elaboración de la historia teológica. No han sido pasivos. Se han atrevido a interpretar, a modificar, a corregir y a embellecer durante el curso de su tarea. Resulta que la Biblia no es única ni necesariamente diferente de muchos escritos antiguos y por eso hay que leerla también dentro de un contexto histórico amplio, el de los pueblos circundantes, el de distintas creencias, tradiciones y expresiones literarias. Además, ¡quién sabe cuántos manuscritos se han perdido! ¡Quién sabe qué tanto desconocemos! Nunca tendremos la información completa.
Ahora, la Biblia me parece el testimonio de la búsqueda de Dios, “como a tientas”, por parte del hombre. Es, de cierto modo, un registro de las conversaciones y revelaciones entre Dios y cada uno de los autores y del intento de éstos de entenderlo y de comprender también las situaciones que vivían y su propia existencia. Creo en la honestidad de los escritores y en sus buenas intenciones. Sospecho que no todo es fidedigno; que quizás por aquí y por allá metieron de su cosecha. Sin embargo, también creo que Dios así lo ha permitido. Creo que la historia historia y la historia teológica son, en realidad, un proyecto conjunto entre Dios y los hombres. Y me sigo acercando a la Biblia con esperanza y respeto.

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